Buenos Aires, Argentina
César Luis Menotti, técnico campeón del mundo con Argentina, murió hoy, domingo 5 de mayo del 2024, a los 85 años.

Su muerte enluta al balompié del mundo. Logró darle a su país albiceleste su primer título del mundo en 1978.

Dirigió a Argentina en España 82 y se regresó después de ser eliminado en octavos de final. Fue una defensa del título muy pobre. Nunca más volvió a dirigir la escuadra gaucha.

Disfrutaba, con toda seguridad, con eL presente de la Selección Argentina. Y como personaje en segundo plano, ya que no tenía funciones ejecutivas, seguramente sintió que aquella dramática, inolvidable y vibrante jornada de Qatar fue la más completa reivindicación a sus ideas, a su prédica de décadas y a una manera de entender el fútbol en cuanto a fenómeno popular. Y cultural.

Uno puede quedarse en las mil y una anécdotas que el Flaco nos ofreció a lo largo de su extensa vida, personaje irrepetible que atravesó desde su Fisherton natal en el corazón de Rosario hasta las noches bohemias de Barrio Norte, donde se instaló desde los 70 hasta estos días. También podría quedarse en aquella “grieta” cavada en el fútbol argentino, tan amarga y divisoria como la que vivimos en los ámbitos históricos, políticos o sociales.

Sería mezquino. Hasta los resultados del fútbol resultan secundarios ahora, a la hora de indicar un concepto: porque la valía de César Luis Menotti como un personaje imprescindible para la historia del fútbol –y el deporte argentino- trasciende a eso.

Trasciende a los primeros Mundiales que gestionó para la albiceleste y trasciende a resultados ya más secundarios y olvidables en su último ciclo como DT, en distintos equipos. Y también trasciende a los mismos géneros que provocó esa grieta (“menottistas vs. bilardistas, o lorencistas un tiempo antes, en cuánto a distintas maneras de interpretar el juego).

La ficha futbolística de Menotti y los documentos indican que nació el 5 de noviembre de 1938 en Rosario (aunque él contó alguna vez que había nacido días antes, el 22 de octubre, y lo anotaron después). Perdió de muy chico a su padre –figura clave en su vida, tenía una pequeña empresa metalúrgica- y salió a trabajar, mientras también estudiaba en un secundario con especialidad en química. El deporte estaba muy presente en su vida: natación, básquet, hasta boxeo. Fútbol, bien de potrero. Y lo rodearon –entre algo de militancia política y un importante bagaje cultural- otras personas que fueron fundamentales para su despegue. Deportivo y personal.

Fogueado futbolísticamente en ligas barriales, su visión de juego, su pegada y porqué no, su talento, hicieron que “reclutadores” de Newell’s y Central lo tentaran para sus inferiores. Se quedó con Central, el equipo de toda su vida, pasó rápidamente por la reserva y debutó en Primera a los 21, protagonizando allí sus mejores momentos (inclusive, convocado para la Selección entre el 62 y 63). También estuvo entre los principales goleadores de esa época, donde tallaban nombre como Artime, Sanfilippo, Valentim. Pero su andar displicente – cuando se proclamaba que la fórmula debía ser “más garra y despliegue físico”- le forjó una fama de “lagunero”, que le persiguió por los años siguientes.

Su paso por los grandes, Racing en el 64, Boca en las dos temporadas siguientes, no fue tan relevante, emigró en busca de unos buenos dólares y menos exigencias técnicas en la incipiente liga de Estados Unidos, disfrutó de una temporada con el Santos de Pelé ya en declive y cerró aquel ciclo. “Ya pensaba en ser técnico y nada mejor que estar con Pelé y esos jugadores increíbles para sumar”, contó.

El Clarín

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