El caso González, Fybeca o Las Dolores, llegó a su fin, pero sin sancionar al principal responsable de la masacre policial, Eduardo Gonzáles.
Redacción Guayaquil
María Dolores Guerra, viuda de Jhonny Gómez, uno de los capturados vivo en el operativo Fybeca y desaparecido luego, dice sentir un alivio por las condenas impuestas a los uniformados que actuaron en el hecho ocurrió hace 21 años, en el norte de Guayaquil.
Ella, junto a Dolores Vélez y Dolores Párraga, llevaron a cabo una lucha intensa por la verdad y la justicia.
Hoy, martes 6 de agosto de 2024, Guerra acusa haber recibido presiones, humillaciones, señalamientos a su esposo, pero finalmente pudo hacer justicia.
Incluso, denunció que su hijo, en los últimos días, fue amenazado y agredido por desconocidos.
«Esta lucha nunca tuvo sed de venganza, pero sí tuvo una sed de justicia», aseguró Guerra. Y contó que mientras el juez leía la sentencia, sintió «frescura (…) como cuando te dan un poco de aire y te dicen descansa un poco».
El 19 de noviembre de 2003, se desarrolló un operativo policial en una farmacia ubicada en la Ciudadela Alborada, norte de Guayaquil, que dejó 8 personas ejecutadas extrajudicialmente y tres desaparecidos; aunque uno de ellos, Erwin Vivar, ya fue encontrado.
En la farmacia, a las víctimas les plantaron armas e incluso una granada. Dos de los fallecidos eran el mensajero del local y un cliente que acudió a comprar pañales.
Dolores Guerra decidió estudiar derecho y participar directamente de la defensa de su esposo. Para ella, existía una prueba que la impulsó siempre a buscar la verdad y es la última imagen de su esposo, el día que fue detenido.
La foto de El Universo, exhibió la crueldad del momento en el que «a mi esposo se lo llevan con las manos atadas y su rostro tapado, tal cual como se lleva a un animal al matadero; ese era mi escudo, mi fuerza».
Consideró que a su esposo no se le dio el derecho a la defensa para demostrar su inocencia o culpabilidad. «No se respetó el debido proceso», aseveró; por ello, considera que la herida que causó la desaparición de su esposo, el no poder velar y enterrar sus restos ni saber de su paradero, mantienen una herida abierta que jamás se podrá cerrar. (I)
