El exalcalde de Guayaquil analiza la situación del burgomaestre de la ciudad, Aquiles Alvarez, quien desde el sábado ha sido forzado a usar un dispositivo electrónico.
Por Jorge Alberto Norero González
Acabo de ver un video que me estremeció el alma: al Alcalde de Guayaquil, cinco días antes de las fiestas fundacionales de nuestra ciudad, se le coloca un grillete electrónico en el tobillo. Una imagen dura, innecesaria, ofensiva —no sólo para él, sino para todos los guayaquileños de bien que amamos esta ciudad, que la hemos servido y que la seguimos defendiendo con el alma.
Tuve el altísimo honor de ser alcalde de Guayaquil en 1985. Aún recuerdo con emoción las sesiones solemnes del 25 de julio y del 9 de octubre. No hay mayor privilegio cívico que encabezar, como primer personero del cantón, las celebraciones de la fundación y de la independencia de la Perla del Pacífico. Esas fechas no son de un solo político o de una autoridad: pertenecen al pueblo guayaquileño, a su historia, a su memoria y a su espíritu indomable.
Por eso hoy, con profunda tristeza y también con rabia contenida, escribo estas líneas. Porque sí, debemos combatir la corrupción venga de donde venga. Pero también debemos tener el mínimo de sensatez y sentido de oportunidad institucional. Si el proceso contra el alcalde Aquiles Álvarez es legítimo y está debidamente fundamentado, ¿por qué no se esperó que pasen las fiestas? ¿Por qué no se le otorgó una medida alternativa como fianza, si no hay peligro de fuga ni entorpecimiento del proceso? ¿O acaso se quería enviar un mensaje de humillación, no solo a él, sino a toda una ciudad?
Me duele decirlo, pero este agravio no pasa desapercibido para nadie. Quienes hemos dedicado nuestras vidas a servir a Guayaquil, quienes vivimos en ella, quienes no huimos hacia urbanizaciones cerradas en Samborondón ni nos avergonzamos de nuestras raíces, sentimos que se ha cruzado una línea. Se ha dañado la imagen institucional del Municipio en vísperas de sus días más solemnes. Se ha golpeado innecesariamente la honra de un cargo que, más allá del nombre de quien lo ostenta hoy, representa a más de tres millones de ciudadanos.
Si el alcalde es culpable, que sea juzgado y condenado conforme a derecho. Pero que también se actúe con igual celeridad en los casos de los funcionarios del Gobierno central implicados en escándalos como Progen, los sobreprecios en la ATM, la compra irregular de chalecos y cascos, las famosas barcazas… No podemos permitir que la justicia sea un arma selectiva que castiga a unos y protege a otros.
Señor Presidente de la República, señores Ministros del Interior, de Gobierno y de Defensa, señores jueces y fiscales: actúen con responsabilidad. No dejen que el odio político o la revancha electoral dicten el curso de sus decisiones. Hoy Guayaquil necesita unidad, no confrontación. Necesita líderes con honor, ética, coraje y patriotismo para enfrentar a los verdaderos enemigos: los narcoterroristas, los corruptos de cuello blanco, los criminales organizados que han puesto en jaque al país.
Me declaro del lado de la justicia. Pero no de la justicia vengativa, parcial y descontextualizada. Me declaro del lado de la verdad. Pero no de una verdad manipulada con fines políticos. Me declaro guayaquileño hasta la médula, y por eso hoy me siento ofendido.
¿Quién podrá con honor representar al pueblo si quien lo encabeza lleva grillete? ¿Qué mensaje damos al cuerpo diplomático, a las delegaciones extranjeras, a las instituciones hermanas del país? ¿Qué herida simbólica estamos abriendo en el corazón de la ciudad?
Por Guayaquil, por su historia, por su presente y su porvenir, ruego que prime la sensatez. El daño está hecho. Pero aún hay tiempo para rectificar, para demostrar madurez política y respeto institucional.
Guayaquil no es un botín. Es un símbolo. Y los símbolos no se pisotean. (O)
